domingo, 31 de agosto de 2014

De la comunicación: objetividad y originalidad.

Decimos comunicación y esquematizamos. Preferimos algunos esquemas más que otros. Otros se pierden en el camino ignominioso de la insuficiencia objetiva. Decimos esquemas y proponemos una relación de factores no exánimes pero si establecidos fuera de toda perspectiva casual. Un emisor, un receptor, un enlace que es el mensaje y otras yerbas. La universalidad. Algo ampara esta propuesta contra toda refutación casual: la universalidad. La defensa descansa en un mecanismo de acción singular (si se me permite esta alocución) del Homo Sapiens: el hombre debe protegerse de las desavenencias usuales; extinción segura si lo hace aisladamente o desordenadamente. La moral surge en el momento en que el ser humano ahogado en su inmoralidad, cara a cara con su debilidad, se siente desolado. El Humano universal se crea y todas las individualidades se esconden detrás de Él en concordancia inexorable. El humano es la prioridad. Cualquier peligro que azote al individuo, cualquier peligro que azota al Humano: unidos, nos lastima conjuntamente, pero respondemos conjuntamente. El ser humano no estará solo nunca más.

Ahora bien, la universalidad del hombre, su ubicuidad en las respuestas concatenadas, la mujer en estado consecuente, la castración prefijada de cada niño, nos ha entusiasmado maravillosamente. Creemos y celebramos la unidad del ser humano lanzándonos a la búsqueda de nuevos horizontes, diferentes melodías de una misma partitura nunca estuvieron tan próximas (el dolor es lo inapelable, la seguridad del encuentro con este tipo de novedades)  ¡Oh Dios, podemos comprender tu grandeza, pero nuestra existencia es la sangre divina que te mantiene vivo! La universalidad, la objetividad, la generalidad abstracta. Y los esquemas se contentan, aislados, únicos, en retenernos dentro de ellos. Porque hemos alcanzado un grado de comprensión último, la objetividad, el conocimiento que parte desde el ser, que se une al universo entero en el intento de comprenderlo y conquistarlo para finalmente caer en el rotundo fracaso de las seguridades legítimas. ¡Todo es tan próximo! No debemos conformarnos con recoger alimentos y beber del rio. Debemos predecir y consumir, a partir de la fe en el augusto progreso, todo lo que excede al ser humano; saciar nuestro ímpetu enorme, nuestra temeraria potencialidad.

La objetividad, la generalidad abstracta, la universalidad. La objetividad parte del Hombre, surge de su inmaculada posición, y reina en nuestras pequeñas cabecillas. Atentar contra las esquematizaciones de comunicación. La objetividad nunca parece endeble, y nunca su debilidad se manifiesta si atentamos contra las esquematizaciones de la comunicación con sus mismas armas. ¿Es que la riqueza de la comunicación puede contentarse con ser la paráfrasis de una abstracción generalizada? ¿Cabe admitir la comunicación a costa del silencio, de la muerte y la negación de lo "particular"?

Cuando estudiamos los verdaderos alcances de la comunicación, el sinsentido del pobre “emisor-mensaje-receptor” muere en el acto. La adyacencia de los seres humanos produce resultados maravillosos ignorados solamente fundamentados en la casualidad de lo peculiar. La emocionalidad de la razón, la destrucción del mensaje se convierte en un atisbo de belleza. La desesperanza nos invade cuando vemos nuestros esquemas, nuestros conceptos que radican en la observación científica. La ilusión de una estructura que subyace a todo nuestro accionar impele un conocimiento igual de alienante . Aliento a deshacerse de toda pretensión vacua, sin vida, de concretar un conocimiento útil, un conocimiento objetivo, un conocimiento universal, en pos de la originalidad de un nuevo saber, una nueva base cognitiva que nos permita apreciar la impredecible comunicación humana, una base que, al final y al cabo, respete las leyes más estúpidas de la razón.

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